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Murales constructivos uruguayos.
El arte para todos.
Cecilia de Torres

"...el arte monumental; el arte para todos, arte humanidad, prolongación de la arquitectura, queriendo ser todavía arquitectura, no ya adherido al muro, sino queriendo ser el muro, en recintos públicos, en bibliotecas, y teatros, en templos, en escuelas y en universidades, en laboratorios científicos, y en conservatorios de música." Joaquín Torres-García

Al hacer el balance del número de murales constructivos obra de los miembros del Taller Torres-García en Uruguay y en el exterior, sorprende que hasta ahora no se haya hablado de un "Muralismo Constructivo Uruguayo." Se escribieron innumerables tesis y libros sobre el muralismo mejicano, sin embargo, sorprende que los murales constructivos uruguayos no se han estudiado aún. El motivo de esta muestra es llamar la atención sobre este importante aspecto del acervo cultural uruguayo, incentivar la restauración de los murales existentes y preservar la memoria de los perdidos.

En 1934, a su llegada a Montevideo, 43 años después de haberla dejado a los diecisiete años, Torres-García anunció que venía "a realizar en la piedra y en el muro lo que ya realicé en la tela", lo que revela su propósito de efectuar un cambio radical; pasar de la pintura de caballete a la pintural mural. Su vision era un arte en dimensión monumental que reflejara la medida del continente, "vivir en ese gran pensamiento de América" expresó en una conferencia. La idea de Torres-García era crear una nueva estética de acuerdo al mundo actual, pero que como en las grandes civilizaciones incluyera todos los aspectos de la existencia; unido a la arquitectura, este estilo se integraría a la sociedad de manera vital. Su utópica visión se basaba en las premisas del constructivismo que según él lo concebía, abarcaba no sólo lo estético sino la totalidad del espíritu y la vida.

Torres-García traía al país su experiencia en grandes realizaciones; las telas alegóricas que pintó para el stand del Uruguay en la feria Universal de Bruselas en 1910. Los frescos de Barcelona, en el Salón de San Jorge de la Diputación Catalana y varios murales que pintó en residencias. El haber trabajado para Antonio Gaudí, "un hombre genial que concebía en gran escala", en la Catedral de Mallorca, y en la Sagrada Familia, lo había familiarizado con grandes proyectos.

Cuando en 1926 había perdido la batalla por salvar los frescos de la Diputación que las autoridades estaban cubriendo con pinturas descriptivas de temas nacionalistas catalanes, Torres-García afirmaba en un esbozo autobiográfico para la revista D'Ací i D'Allá que él era capaz de realizar grandes obras, y que la pintura debía existir sólo para la arquitectura. Sin embargo en Francia donde vivía entonces, había pocas probabilidades de que le encargaran un proyecto de pintura mural.

Cuando en 1934 decide dejar Madrid y debe tomar una desición sobre su próximo destino, Torres-García consideró México seriamente, donde su amigo, el escultor Germán Cueto, le ofrecía una cátedra de arte en la Universidad. Sin embargo es posible que al optar por volver al Uruguay, tuvo tanto que ver su patriotismo, como la ausencia de un arte visual comprometido con una indentidad cultural específica como en Perú, México y Centro América, los antiguos centros de grandes civilizaciones. Uruguay, era para Torres-García un país virgen, lo que facilitaría realizar su visión de un arte moderno y total.

Además, en la década del 30, Uruguay florecía económica y culturalmente. Como la mayoría de los uruguayos, cuando estalla la segunda guerra, Torres-García estaba de parte de los aliados, siguiendo ansiosamente los devastadores acontecimientos en Europa. Entonces se temía que la civilización occidental estaba en peligro, lo que estimulaba la urgencia de crear un nuevo capítulo para el arte en Sudamérica. Este nuevo arte, Torres-García lo veía como un equilibrio entre "aquello que había traído el tiempo", o sea la tradición europea, y ciertos elementos únicos y particulares de Montevideo: " la luz, el viento, la humedad que mancha todo de verde, la anchura y el color del Río de la Plata" . Advertía a sus alumnos que para lograr consolidar "una positiva originalidad nuestra", el camino no era el tipismo o el folclorismo, sino tomando conciencia de las particularidades de los gestos y los modismos uruguayos. Por ejemplo, en un óleo de 1946 agregó a la composición "macanudo", un modismo popular uruguayo.

Cuando por su amistad con el Dr. Pablo Purriel y la Arquitecto Sara Morialdo se concretó la invitación para decorar el nuevo Pabellón Martirené de la colonia Saint Bois, Torres-García y a los artistas del Taller, entendieron que esa era la gran oportunidad de demostrar las posibilidades del Universalismo Constructivo en gran escala. Torres-García, entonces volvió a replantearse ciertos aspectos de su propia pintura, la producción de 1943, anterior a los murales, es en su mayoría en colores primarios y constructiva.

Entonces el Taller Torres-García recién se había fundado, y los jovenes artistas apenas conocían los rudimentos del constructivismo, sin embargo el maestro quería que todos sus alumnos participaran en este importante proyecto. Quela Rovira, quien acababa de ingresar al Taller, recuerda su asombro cuando Torres -García anunció que tenían que realizar bocetos para murales, ya que no se sentía capacitada para tan gran emprendimiento, sin embargo pintó un mural de 189 x 272 cm.

Torres-García planteaba "un arte férreamente vinculado a la ciudad: comentando o cantando su vida; poniéndola en relieve; mostrándola y hasta como guiándola". Varias pinturas del Hospital Saint Bois toman elementos del entorno urbano; el puerto y escenas callejeras en los murales de Fonseca, Alpuy, Pailós, Sergio de Castro, y el Tranvía del mismo Torres-García. El puerto en los murales de Horacio Torres, Sergio de Castro, y Alceu Ribeiro. Otros pintaron temas de particular interés de cada uno; la simbología en el mural de Quela Rovira, que era maestra, esta relacionada con la docencia. La abeja, el trabajo del maestro, la moña azul sobre blanco, el uniforme de los niños, una campana, y el reloj que rigen la vida de la escuela, pizarrones, carteras, y pupitres. En los murales de Josefina Canel, y Esther Barrios de Martín, otras dos docentes, también figuran temas relativos a la infancia y la música. Teresa Olascuaga y Héctor Ragni pintaron aparatos y símbolos relacionados a la ciencia, Juan Pardo, a la botánica y Daniel de los Santos eligió representar elementos de barcos y en otro mural submarino.

La unidad de estilo de tan diversos temas e individualidades se logra por la manera en que las formas de la realidad se integran al ritmo de la estructura por un proceso de abstracción que las fragmenta en elementos geométricos. Al estar pintados en colores primarios, blanco y negro, una paleta que no se da en la realidad, el resultado es una representación ideal y abstracta. Los colores se aplicaban directamente del envase, sin mezclarlos con otros para entonarlos, oscurecerlos o aclararlos. Torres-García decía que de esta manera, el artista usaba el color como un artesano pintor cuando pinta una locomotora, un disco de señales o un aeroplano; sencillamente, sin empastes o efectismos, resultando en una obra planista, geométrica, simbólica, y por eso, universal.

Los murales del Saint Bois suscitaron ardientes polémicas en Montevideo, se argumentaba si eran apropiados para un hospital por la paleta de colores primarios que por su "estridencia" podían ser "irritantes" para los enfermos. Sin embargo, hoy Quela Rovira recuerda que a los pacientes las pinturas les gustaban. También se objetaba la imposición de Torres-García a sus alumnos de un estilo que les impedía la libertad individual, y para rematar, se cuestionaba la validez del constructivismo. Para el Arquitecto Carlos Herrera Mac Lean era anacrónico por derivar del cubismo; según él, Torres-García había "arrancado del cementerio del cubismo, una endeble teoría artística."

La controversia sobre los murales se debatió en la prensa montevideana durante meses, interviniendo ciudadanos que nada tenían que ver con arte, tanta tinta se gastó que un periodista se preguntaba si los murales habían resultado ser más peligrosos que el propio bacilo de Koch, (refiriendose a que el Saint Bois era un hospital para tuberculosos.)

A pesar de todo, para Torres-García esta fue una realización significativa, cuando venían visitantes del exterior, no faltaba la peregrinación al alejado Pabellón. De Buenos Aires, los artistas del grupo Madí y Concreto, los críticos Jorge Romero Brest y Julio Payró visitaron los murales. Cuando la polémica se calmó, Torres-García reflexionaba: "Han creído muchos locura lo del Saint Bois, y no han visto que allí está a no dudar, el punto de partida. Las reglas constructivas, los colores fuertes, la sonoridad y el espíritu de hoy. Yo, desde aquí felicito a los jóvenes que siguieron mis consejos y también a los que permitieron tal realización y a los amigos que nos sostuvieron y animaron." Estas palabras se publicaron en el Removedor 14 en un ensayo sobre una exposición itinerante de bocetos para murales de artistas estadounidenses que llegó a Montevideo en 1946.

En América del Norte, la fuerza y vitalidad del muralismo mejicano sobrepasó las fronteras nacionales influenciando considerablemente a la pintura mural norteamericana que se desarrolló masivamente tras la catastrófica caida de la bolsa en 1929. La administración del presidente F.D. Roosvelt creó el Federal Arts Project en 1933, con el fin de promocionar la pintura mural en espacios públicos. Amparados por este programa, un gran número de artistas norteamericanos pintaron miles de pinturas en las paredes de bancos, oficinas de correos, teatros, y edificios públicos de todo tipo. El estilo, (salvo algunas excepciones) era figurativo y narrativo ya que buscaba reflejar las ideas, y experiencias sociales de la comunidad.

Torres-García explica las razones de su desacuerdo con el estilo pictórico que se practicaba en Estados Unidos y México, ennumerando 7 reglas básicas para el pintor de murales.

1- La pintura mural ha de ser en cierto modo una arquitectura ligada a la arquitectura propiamente dicha.
2- Evidenciando al muro,en estrecho maridaje con él por tal razón ha de ser planista
3- No debe olvidar la época en que vivimos, y por esto, ir a lo concreto de los materiales y de los colores y formas, por corresponder esto a la mentalidad del hombre de hoy, francamente realista.
4- Aliado de lo mecánico y de cuanto significa progreso.
5- Dejar lo anlítico descriptivo para ir a la síntesis.
6- Llevar lo particular al plano de lo universal.
7- No olvidar por fin, que el gran paso del arte moderno ha consistido en pasar de lo lo real a lo abstracto.

Si los primeros murales abstractos en las Américas son los del complejo habitacional en Williamsburg, Brooklyn, (1938-1939), los del Saint Bois les siguen, siendo los primeros que se basan en un estilo y una teoría estética singular. Posteriormente, en la década del 50, surgieron grandes artistas en Brasil y Venezuela cuyas obras murales en conjunción con la arquitectura tuvieron un desarrollo muy importante.

En Montevideo, los primeros mecenas del muralismo del Taller Torres-García fueron los dueños de algún humilde café de la Ciudad Vieja como El Temerario, quienes canjeaban comidas por murales. ( Fig 1) La ambición de Torres-García de que el arte constructivo fuera el estilo popular uruguayo, recién se dio plenamente tras su desaparición. Por los años 50 los artistas del Taller y el estilo constructivo eran más aceptados, y además contaban con el apoyo de arquitectos que se habían formado asistiendo a las conferencias del maestro; Ernesto Leborgne, Rafael Lorente, Mario Payssé, Luis San Vicente, y Juan R. Menchaca. Augusto y Horacio Torres también trabajaron con el arquitecto español Antonio Bonet en varios proyectos en Buenos Aires. Tanto los artistas como los arquitectos, y un grupo selecto del público, querían concretar en sus construcciones algo que sentían como la expresión de una nueva identidad artística netamenta uruguaya. Así fue como los artistas del Taller decoraron una panadería, una estación de servicio, una confitería, iglesia, mueblería, hospital, varios cafés y restaurants, bancos, liceos y residencias. (Fig 2)

En cuanto a la tan mentada anulación de la libertad expresiva de sus discípulos, estas palabras de Gonzalo Fonseca lo desmienten plenamente: "Creo más que nunca en la pintura mural plana. Qué visión la de Torres para esto! "Fonseca le escribía al arquitecto Ernesto Leborgne desde Egipto. "Basta ver algunas tumbas que se han conservado por fuera, para pensar que gentes que sentían esos planos geométricos de la arquitectura, no podían concebir deformar los muros con una tercera dimensión". Tras la muerte del maestro él y Julio Alpuy viajaron a Europa, Medio Oriente y Egipto, un peregrinaje a una antigua cultura que tuvo importantes repercuciones para los dos. Las pinturas en las tumbas y los templos egipcios les confirmaron un aspecto de la pintura en conjunción con la arquitectura que no habían experimentado en su viaje a Perú y Bolivia en 1946, donde les había impresionado la monumentalidad de las construcciones de piedra.

En Egipto, encontraron una cultura inalterada por siglos, impactándoles la unidad y continuidad entre la vida actual y el arte registrada en las pinturas murales. En otra carta Fonseca comentaba cómo los pintores de murales egipcios "aplicaban reglas muy estrictas y se ceñían a un estudio tremendo de la naturaleza". Y escribe que le impactó un "libro de prescripciones tocantes a la pintura mural y las proporciones que se le deben dar a las figuras". Lo que da la pauta de que más que sentirse privados de libertad, los pintores del Taller ratificaban que las reglas recibidas de su maestro no eran arbitrarias, sino que por su lógica eran válidas desde hacía siglos.

En 1953, Mario Payssé comienza los planos para su propia residencia, lo que en su opinión, para el arquitecto equivale a una profesión de fe. Idealmente tenía que complementarse con el trabajo de artistas nacionales contemporáneos, así el arte se integraba a la vida cotidiana. Cada obra tenía un lugar designado en el plano de la vivienda desde su concepción inicial en "lugares fijos e inalienables desde los cuales las obras de arte irradiarán todo su poder en concordancia exacta con las fuerzas potenciales de la obra arquitectónica". En el patio de entrada un gran fresco constructivo de Julio Alpuy da la pauta de la nueva colaboración entre el arquitecto y el artista. La visión de Payssé, de crear un estilo total en su residencia, incluía hasta el juego de té constructivo que le encargó a José Collel. Un gran tapiz de lana ocre, tierra roja, negro y blanco diseñado por Augusto Torres y tejido por Elsa Andrada al telar, dominaba la sala que se veía desde el patio semicubierto de entrada a través del un gran ventanal. Una fuente de ladrillo recortado de Francisco Matto en el patio, varios relieves de ladrillo del mismo Payssé y un mosaico de Edwin Studer completaban los distintos ámbitos de la residencia. ( Fig 3)

En su mural al fresco, Alpuy, ilustró escenas relativas a las estaciones del año, y figuras practicando oficios de tradición noble que perduran a través de las épocas. Es evidente la influencia del viaje a Egipto, donde los campesinos en el Valle del Nilo aún usaban el mismo arado y los mismos bueyes tal como se los representa en los relieves y frescos antiguos; "un mundo de formas y actitudes, con escenas de labranza, de oficios, la cerámica, la carpintería, " que Alpuy reinterpretaría en sus murales.

Entre 1951 y 1957 Alpuy pintó y realizó en mosaico, más de diez murales en Montevideo en un estilo que se apartaba del estricto concepto del Taller, lo que suscitó cierta resistencia entre sus colegas. Debido a esto, Alpuy decidió emigrar. En 1971, de regreso a Uruguay, le explicó a un periodista las razones porque decidió irse: "mi cabeza [en 1957] estaba llena de ideas, y quería encontrar una manera de expresarlas. Todo lo que había aprendido fue a través del sistema del Taller, como yo no tenía mi sistema, no tenía manera de hacer vivir eso". Alpuy se radicó en Bogotá donde pintó dos murales en restaurantes que se perdieron. A fines de 1961, se reunió en Nueva York con Gonzalo Fonseca y Augusto Torres, donde se estableció definitivamente. Regresó a Bogotá para hacer un mural de talla de madera de grandes dimensiones. Desde entonces no volvió a pintar murales.

El arte constructivo llegó a New York con Gonzalo Fonseca donde se radicó en 1958, sus primeros trabajos en esa ciudad fueron murales, uno de 2,50 de alto por 10 metros de largo para el lobby de un edificio en la 5a Avenida y la calle 23. En enero de 1958, Fonseca le escribe a Alpuy con cierto orgullo: "espero que para fines de febrero esté acabado el primer mural constructivo en N.Y." ( Fig. 4). Y en otra carta de noviembre del mismo año: "Yo tuve más suerte aquí que en Montevideo con eso de los dos murales, pues en Montevideo me fue imposible conseguir un pedazo de pared exceptuando aquel [del] Seminario que no fue ideal que digamos". Fonseca se refería a un mural de ladrillo que el arquitecto Payssé Reyes le había encargada para el Seminario Arquidiosesano, y del cual solo existe una foto, aunque olvida mencionar el mural de baldosas pintadas que el arquitecto Rafael Lorente había propuesto para una residencia de Montevideo, y que el cliente rechazó. Lorente, posteriormente lo instaló en el jardín de su casa en Solís. ( Fig 5)

El segundo mural que Fonseca nombra es de mosaico de pasta de vidrio que hizo para el hall de entrada de la Nueva Escuela, (The New School) donde en un piso superior hay otro mural; un fresco de José Clemente Orozco. En vísperas de desarrollar su estilo personal y lanzarse a la escultura, Fonseca realiza dos murales estrictamente constructivos. ( Fig 6) Posteriormente, tuvo varios encargos importantes en los que experimentó con divesas técnicas; cemento, ladrillos esmaltados de diversos colores, y madera. La culminación de estas obras murales en las que paulatinamente fue incluyendo elementos volumétricos, son las magníficas paredes de travertino que esculpió en Italia: Muro Bianco, 1977, Madre Cava, 1978, Péndulo Falso, 1982, todas están en Caracas, la última en el Museo de Bellas Artes.

Mientras en Montevideo, recién se había terminado de construir el Seminario en Toledo a 20 kilómetros de la capital. El encargo de los murales para el abside y las dos paredes laterales al altar para la Iglesia se concretó recién en 1962. Como Fonseca, a quien Payssé le había originalmente propuesto la decoración, residía en New York, se la encargó a Horacio Torres, y a José Collel un mural adosado a una fuente en el patio. El ladrillo es el principal protagonista en esta construcción: es el módulo que determina y unifica las proporciones de cada elemento en las estructuras. Citando a Spengler, Payssé explicaba que usaba ladrillo, además de otras razones, porqué: " ... es el primer material creado por la inteligencia humana por el dominio sobre los cuatro elementos: aire, tierra, agua, y fuego".

En preparación para esta importante obra, Horacio Torres instaló en el jardín de su casa en Punta Gorda una sierra circular para ensayar como cortar ladrillos con una curvatura, para crear la impresión de volúmen a su diseño. Contaba con un maestro albañil de excepcional habilidad y conocimiento del oficio y los materiales y sus posibilidades físicas. La casa del artista se fue llenando de pequeños murales y construcciones de ladrillo que Torres integraba a las paredes, trabajando con tal intensidad que el jardín se había cubierto de polvo rojo.

En 1963, la obra ya completa fue reseñada en El País por María Luisa Torrens, quien afirmaba: "El Seminario es una obra cumbre de la arquitectura religiosa de latinoamérica, y su magistral unidad revela que ha sido realizada por un espíritu hondamente compenetrado de la doctrina cristiana". Para la fachada sobre el pórtico de entrada a la Iglesia, Payssé diseñó un mural de ladrillo en el que desarrolló una síntesis de la historia de la Iglesia en letras y símbolos. Por la parte interior, una estructura de Horacio Torres, se conjuga con el mural exterior de Payssé por medio de acentos verticales de vidrios de colores. La combinación de los elementos sólidos de ladrillo, con el ritmo en contrapunto de las aberturas de luz, crea una pared de una musicalidad extraordinaria; lo espiritual plasmado en la materia.

Si con un esfuerzo de la imaginación, visualizamos lo que debió ser esta iglesia si se hubieran realizado los vitrales multicolores constructivos, también diseñados por Horacio Torres, las palabras de Torrens quedan cortas, la iglesia del Seminario hubiera sido una de las obras cumbres del siglo XX. Payssé decía que la principal virtud de que esta importante construcción es que fue hecha con medios propios, obreros uruguayos, materiales nacionales y plástica propia, y todo a bajo costo. En 1986, el seminario fue adquirido por la escuela militar, y declarado patrimonio artístico.

Otro proyecto de Horacio Torres de grandes proporciones que no se realizó nunca, y del que exponemos la maqueta, fue un construcción de cemento, en el espíritu de los arcos de triunfo. Para conmemorar la conferencia en Punta del Este de la CIES, (Interamerican Economic Social Council), la Alianza para el Progreso, (1961), a la que acudieron importantes personalidades de la política internacional, notoriamente el Che Guevara, Horacio Torres le propuso al entonces presidente Eduardo Víctor Haedo un proyecto que se llamaría La puerta de las Américas. ( Fig 7)

Aunque en realidad Horacio Torres tenía poca fe en la política, veía que esta era una oportunidad de ralizar el sueño de una obra constructiva importante. Para que se concretara proponía usar materiales accesibles como el cemento, para eso ideó una manera relativamente fácil y barata de hacer bajorrelieves usando planchas de Styrofoam, (espumaplast) en las que grababa el molde donde luego se volcaba el cemento, como en los encofrados para techos. Una vez fraguado, la espuma se desprendía sin mucha dificultad. Así fue como Torres hizo el Pez para el jardín del arquitecto Leborgne, como también varios bajorrelieves para el interior de su casa. Estos eran los ensayos para la gran realización que hubiera sido la Puerta de las Américas, que nunca se llegó a construir. José Gurvich, y Manuel Pailós también hicieron relieves de cemento utilizando el mismo método.

Otra concentración de obras constructivas se encuentra en el actual edificio del Liceo 1 Manuel Rosé en Las Piedras, Canelones, que se inauguró en 1950. Desde sus comienzos, el arte fue una prerrogrativa en esa institución; los padres de alumnos compraron un óleo de Torres-García para el Liceo, varios artistas nacionales fueron docentes, entre ellos Dumas Oroño. Gracias a su intervención, y a la visión del director Voldney Caprio, en 1964 se invitó a artistas del Taller Torres García a crear obras constructivas para que diariamente los estudiantes estén expuestos al arte. Afirmaba Oroño que en aquel liceo se formaba al estudiante enseñandole a ver. Pailós moldeó un relieve de cemento en forma de Pez para una pared exterior en el patio de recreo, en otra pared hay un relieve de adobe de Francisco Matto, un mural de baldosas de cerámica de Augusto Torres, y había una estela de cemento, obra de Horacio Torres de la que se desconoce el destino. En el interior, entre otras obras hay murales de Ernesto Vila, (óleo sobre panel), un mosaico de Julio Mancebo, un mural de cerámica diseñado por Dumas Oroño, y realizado por el ceramista Firpo, y un vitral constructivo de Matto. (Fig 8)

La pintura mural, puede cumplir una función educativa sin caer en la narrativa; José Gurvich en su primer viaje a Israel en 1956 pintó un mural dedicado a los niños en el comedor comunal del kibbutz donde vivía su hermana. Para Gurvich, el alejamiento de Uruguay y del Taller le permitió liberar intuiciones e inquietudes individuales. También se integraba a la vida rural del kibutz, donde trabajaba de pastor. En esta muestra se exponen varios proyectos para el mural hoy desaparecido. El planteamiento es muy diferente a la pintura constructiva que se practicaba en el Taller, en los bocetos y en una foto del comedor, se puede ver que la estructura consistía en bandas horizontales cruzadas por verticales en intervalos irregulares, bien diferente a las estructuras características de Torres-García que se desarrollan a partir de un núcleo dinámico. Este mural casi parece una gran tira comica, donde dentro de cada compartimiento Gurvich pintó paisajes y escenas de la vida diaria en el kibutz: animales, abejas y la apicultura, plantas y flores, en un estilo simple y libre dirigido a la comprensión infantil.

En Montevideo, el año 1962 fue particularmente intenso para Gurvich por la cantidad de murales que realizó. En una entrevista había manifestado que quería invadir los muros de la ciudad, y en la foto que ilustra la entrevista, aparece dibujando un panel del gran mural que hoy esta en el BPS en la sede central en la Plaza Matriz. Este mural de grandes dimensiones, (19 metros de largo aproximadamente, hecho de paneles de madera de 2,90 x 1,60 m. c/u) era particularmente importante para Gurvich porque iba a estar colocado en la sucursal del Cerro de la Caja de Pensiones del Frigorífico, un lugar frecuentado por sus vecinos del Cerro, en su mayoría obreros. "La pintura deja de ser un privilegio de cierta clase económicamente poderosa para estar al alcance de todos como parte de la vida diaria" explicaba Gurvich. Así se cumplía la visión del Taller de que el constructivismo alcanzara a todos los uruguayos.

Como este mural, hoy pocos quedan en el lugar donde fueron originalmente creados y emplazados, lo que afecta su percepción. En la sede del Cerro, el mural de Gurvich se extendía del suelo al techo y abarcaba una pared lateral en su totalidad, lo que permitía al espectador sentir su dimensión en relación a la arquitectura del local. Hoy, si bien es una suerte que está a salvo, ya que durante la dictadura se quitó de su lugar original y hasta 1985 no se supo de su paradero, la percepción de su dimensión disminuye por estar colgado a una altura por encima de la visión del público.
Por ser parte de los muros de un edificio, la pintura mural existe precariamente. Varios murales hoy están deteriorándose, algunos ejemplos son el relieve de hoja de hierro galvanizado de Augusto y Horacio Torres, en el Liceo Miranda, o los murales de Pailós y Augusto Torres en un edificio clausurado anexo al Liceo del Cerro, y en el Liceo de Las Piedras un relieve de cemento obra de Horacio Torres desapareció. En una entrevista Daniel de los Santos, un artista del Taller recordaba que él y sus colegas temiendo por la sobrevivencia de las pinturas murales, le preguntaron a Torres-García que pasaría con ellos en el futuro, "si la pintura es buena se salva sola, nos dijo el maestro". Hoy sabemos cuánto se equivocó.

En 1963, María Luisa Torrens en un ensayo sobre los murales del Saint Bois, llamaba la atención sobre la trascendencia de este conjunto. Ya entonces el estado de conservación era preocupante. Torrens observó "la temperatura inadecuada, y el exceso de frío y humedad, determinaron la aparición de un cierto tipo de hongos que ocultan la limpidez y el esplendor de dichas pinturas". También menciona los ficheros que los ocultan y estructuras de hierro que se interponen a la contemplación. Hoy, gracias a la intervención e iniciativa de grupos como la Fundación Amigos del Patrimonio, de Antel, y del excelente trabajo del Taller de Restauración del Ministerio de Educación y Cultura, los murales del Saint Bois obra de los artistas del Taller Torres-García, lucen sus vibrantes colores restaurados, en el la torre de Antel.

La perdida de los siete murales constructivos, 64 pinturas, esculturas de madera y juguetes de Torres-García, en el incendio del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro en 1978, afecta para siempre la trascendencia y la apreciación de su legado. Se puede imaginar a Picasso sin Guernica? Si bien la prensa nacional informó extensamente sobre el incendio, nunca se llevó a cabo ninguna investigación sobre las circunstancias en que los murales llegaron a Rio. Pocos se enteraron de que no estaban asegurados, y que después de ser expuestos en el verano de 1975 en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Paris, (Musée d'art moderne de la ville de Paris), quedaron en los sótanos del museo parisino durante tres años, junto con las demás obras de la exposición, (incluyendo los mejores cuadros constructivos de la colección del Museo de Artes Visuales), a pesar de las enérgicas protestas del entonces director, Jacques Lassaigne, y los coleccionistas que pedían la devolución de sus obras. Hoy, es difícil explicarles a los jovenes uruguayos la magnitud de estos murales, porque ni siquiera, una vez restaurados por iniciativa de la Fundación Torres-García, y trasladados al Museo de Artes Visuales, se les tomaron buenas fotos en colores.

En el contexto internacional, merece investigarse si en los movimientos constructivistas en Rusia, el De Stijl, y la Bauhaus, la pintura mural tuvo la importancia y alcance que tuvo en Uruguay. Algunos ejemplos significativos fueron la colaboración de Theo Van Doesburg, Sophie Tauber-Arp, y Jean Arp, quienes diseñaron vitrales, murales y relieves para el café Aubette en Estrasburgo que ya no existe. En la escuela de diseño Bauhaus aunque había un taller de murales, en realidad lo que se allí enseñaba era la teoría del color y su aplicación a la arquitectura. Este departamento produjo papeles impresos para paredes, uno de los productos de la Bauhaus que tuvieron más éxito comercial. Oscar Schlemmer, Herbert Bayer, y Joost Schmidt pintaron murales en Weimar, en colaboración con el arquitecto Van der Velde, (1923), los murales de Schlemmer fueron posteriormente destruídos por los nazis. Kandinsky pintó varios murales en Berlín que también se destruyeron. Albers hizo murales de ladrillos en 1949 en Harvard, y en 1968 para el Instituto de Tecnología en Rochester, N.Y.

Los murales constructivos uruguayos agregan un nuevo capítulo a esta corriente del arte del Siglo XX ya que si bien corresponden en algunos aspectos a las ideas surgidas en Europa en el primer cuarto del siglo, aportan innovaciones respecto a la manera de introducir aspectos del mundo real a la estructura geométrica. Un ensayo de Jean Gorin, un artista francés neoplasticista amigo de Torres-García, resume el pensamiento moderno en arte. Torres-García concuerda en varios puntos y en otros difiere, y esas diferencias son las que definen la singularidad del constructivismo uruguayo. Según Gorin, la máquina había transformado la vida del individuo destruyendo el individualismo y el sentimentalismo, creado una nueva perspectiva liberadora para la humanidad que comprendería una estética universal anónima, y además, por estar estrechamente asociada a la arquitectura, accesible para todos.

En las siete reglas para la pintura mural citadas anteriormente, Torres-García concuerda con Gorin, además, a las críticas de los murales del Saint Bois responde defendiendo el arte moderno, y preguntando cómo aquellos que disfrutan de los adelantos de hoy no los admiten en el arte. Y por otro lado, la modernidad pura en arte le resultaba impersonal y standard. En la perfección de una composición de Mondrian no veía un camino conducente a nuevos desarrollos plásticos. El arte moderno según su criterio, no incluía el universo inclasificable e infinitamente complejo de la conciencia humana. Para él, el pasado no debía descartarse, porque en arte, como en todas las manifestaciones del hombre, hay una continuidad comparable a los eslabones de una cadena que se van sumando para formar una totalidad. Su arte, aún siendo rigurosamente contemporáneo, esta fuera de las contingencias de tiempo y lugar, al mismo tiempo que mantiene referencias a las fuentes; desde el arte prehistórico, el egipcio, y el precolombino, hasta el mesopotámico, entre otros.

Las referencias al sol, por ejemplo, en su Monumento Cósmico, en los murales del Saint Bois, en el gran mural de Augusto Torres en la cafetería del Sindicato Médico, o el relieve de adobe de Francisco Matto, tienen su origen en este concepto de abarcar lo más elemental y universal. Explica el interés de Fonseca y Alpuy en la pintura mural del antiguo Egipto, y porqué el mural de Matto hace referencia a los relieves de Chan Chan en Perú, que también eran de adobe.

Este trabajo de investigación de los murales constructivos está incompleto, (en el listado adjunto hay más de cien,) esperamos que esta exposición resulte en una toma de conciencia de la importancia de este legado único.

 


Fig. 1 Gonzalo Fonseca. Mural en el Bar El Temerario, c.1946

 


Fig. 2 Julio Alpuy. Las cuatro estaciones, mural para la tienda de decoración Tempo, 1957.

 


Fig. 3 Julio Alpuy. Fresco, 4x4 m. Mario Payssé Arquitecto.

 


Fig. 4 Gonzalo Fonseca, carta a Julio Alpuy. Boceto de un mural en New York, 1958.

 


Fig. 5 Gonzalo Fonseca. Mural de baldosas pintadas, 1952. Casa del Arquitecto Rafael Lorente, Solis.

 

Fig. 6 Gonzalo Fonseca mural de mosaico de pasta de vidrio. New School of Social Research, New York 1961.

 


Fig 7 Horacio Torres. Boceto para La puerta de las Américas, 1961. Tinta sobre vidrio.

 


Fig. 8 Francisco Matto, relieve de adobe, 1964. Liceo ? 1, Las Piedras, Canelones.

 

 

 

     
 

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